El futuro de la inteligencia artificial más relevante para los seres humanos, imagino, será la convivencia con nuestros iguales androides. Desde que empezamos a soñar con robots, los hicimos a nuestra imagen y semejanza.
El paso en el que estamos brincando es la integración de la mecánica con el aprendizaje: máquinas que no solo se mueven de forma autónoma, sino que aprenden a hacer las cosas cada vez mejor — a construir un edificio, a jugar ping-pong, a leer el juego completo de un partido de baloncesto en una fracción de segundo.
**¿Qué parte de estar vivo en un cuerpo no se puede automatizar?**
Ahí empieza este episodio.
—
Howard Gardner llamó corporal-cinestésica a la inteligencia que vive en el movimiento: la capacidad de usar el propio cuerpo con precisión, resistencia y control. Es la más antigua de las inteligencias humanas — y también la más difícil de fingir.
Este episodio no es una ficción. Es un testimonio.
—
La inteligencia mecánica más avanzada, a mi parecer, no está en los robots ni en los exoesqueletos, en que podamos cargar cien kilos o correr a la velocidad de la luz, sino en lo que nos hace vivir a nosotros mismos. Gracias al cuerpo, entendemos el amor en un abrazo. Los millones de sensores de nuestra piel, sintiendo la brisa, generan emociones e ideas a las que parece imposible acceder de otra manera.
Y lo más importante se aprende a nivel casi genético: con los golpes, con el viento, con las alegrías, el sufrimiento físico. Esa gama de emociones dista de la máquina, y aunque pueda medirlas, copiarlas, la gran carrera será que ella pueda por sí misma crearlas. Pero para eso no hay que invertir trillones en chips. Lo único que hay que hacer es moverse, jugar, bailar y sentir.
—
Hace treinta años me prometí que a mis setenta y cinco años haría un Ironman.
Era una locura, pero sabía que había una posibilidad. Lo que no sabía era cuánto ayudaría la tecnología, ni cómo sería competir no solo contra humanos, sino también contra robots. Todo empezó para mí en 2010, cuando escuché por primera vez la fórmula: dos kilómetros nadando, cuarenta en bicicleta, diez corriendo. El triatlón olímpico.
El Olimpo es la montaña más alta de Grecia, donde se suponía que residían los dioses — los seres que representaban la perfección, el origen, la divinidad. Ahí se iniciaron los Juegos Olímpicos, donde los hombres competían buscando dejar de ser hombres y convertirse, aunque fuera por un instante, en algo más.
Todas estas historias se mezclaron en mi mente al escuchar la palabra *triatlón olímpico*: unir alma, mente y cuerpo. Dejar de ser hombre. Acceder al Olimpo.
—
La inteligencia que se adquiere en el entrenamiento no se parece a la lógico-matemática, ni a la intelectual. Tiene algo de artística, pero mucho más de interpersonal, de natural, de existencial: cuando estás solo con tu cuerpo, llevándolo al límite, te das cuenta de lo que eres capaz. Nadie puede levantarse por ti, quitarte la pereza, ponerte a entrenar.
Empecé por el estrés, por el insomnio, por un cerebro que de tanto vivir metido en internet ya no se apagaba. Empecé nadando, porque en el agua no hay gravedad, no hay nada más que tú, el agua, tu mente y tu cuerpo flotando. Ahí, creo, mi inteligencia corporal empezó su actividad.
De no poder nadar cincuenta metros, luego pude hacer cien. Después el doble. Después mil, luego dos mil — ya no solo en alberca, sino en lago, en río, hasta llegar al mar, donde nadé once kilómetros. Recuerdo la primera vez que nadé siete: estaba en medio del mar, me acababa de separar, la empresa iba mal, y pensé, *esta es mi depresión, este es mi rito de transición*. Terminé la travesía. Seguí haciendo crecer la empresa con un sueño mejor.
—
Ahora, a mis setenta y cinco años — con tres cirugías, una en el hombro, dos en los tobillos — ha llegado el momento de ascender al Olimpo una vez más. Esta vez con ayuda de mi exoesqueleto.
Elegí el Ironman de Cozumel, donde el mar sigue siendo azul, no solo por la prueba, sino por el día inicial: el Día del Ironbot. Ese día compiten los robots, sometidos a la misma distancia exacta que los humanos — 3.5 kilómetros nadando, 120 en bicicleta, un maratón completo de 42 kilómetros de postre.
Para la máquina, el reto es de ingeniería: ser hermética en el agua, alcanzar cientos de kilómetros por hora en la bicicleta impulsada solo por sus propias piernas mecánicas, correr a casi setenta kilómetros por hora — casi la velocidad máxima posible sobre dos patas. Muchas no terminan. Se quedan en el agua, se destrozan en la bicicleta, se apagan a media carrera.
La prueba para la máquina es física. Para el humano, es mental. Estas carreras se corren con el cuerpo, pero se terminan con la cabeza: la entereza, el coraje, la paciencia, la domesticación de los propios instintos. Una máquina no tiene esa barrera — no le importa morir. Y verla competir no me hace sentir menos, sino más orgullo por la máquina que soy yo mismo: la única que tengo, la única con la que vengo y con la que me voy.
—
Tengo setenta y cinco años y no puedo dormir de la emoción. Hice una decena de triatlones, varios medios Ironman, crucé Baja California completa en bicicleta, pedaleé de Londres a Budapest, caminé el Camino de Santiago y el Shikoku Henro en Japón. No hay máquina que ayude cuando uno se siente derrotado. Todo sigue siendo artificial en el campo del cuerpo: subirse a un exoesqueleto no es distinto de subirse a un avión creyendo que puedes volar. La frontera sigue estando en el cuerpo mismo — en el dolor, el placer, el tacto, y ese cóctel de endorfinas que empuja al cerebro hasta el Olimpo.
Podré usar las partes de un robot en mi propio esqueleto y moverme a esas velocidades. Pero el corazón tiene que seguir bombeando el suyo. Y yo, como siempre, voy a intentar quebrar mis propios límites una vez más.
—
*¿Cuál es tu Olimpo — la cosa que solo tu propio cuerpo, y nadie ni nada más, puede llevarte a cruzar? ¿Cuánto de lo que has aprendido de ti mismo lo aprendiste sentado, y cuánto lo aprendiste moviéndote?*
—
🎧 **Escucha la versión sonora completa arriba.**