Era un hombre muy orgulloso de sus archivos, de sus escritos, de sus poemas. Un día pensó que eran efímeros, que no podrían existir si algún día se perdían. Entonces decidió meterlos en una computadora, en aquellas cosas que utilizaban los empresarios y los científicos para descubrir nuevas realidades.
Metió sus poemas en una bóveda, en una carpeta. Luego pensó que allí tampoco estarían seguros. ¿Y si llegaba una guerra? ¿Y si una bomba hacía desaparecer la ciudad? ¿Y si la humanidad se quedaba sin tan digna obra de poesía?
Entonces decidió, junto con otro amigo, enviarle por correo el texto para que él también lo guardara en otro lado del planeta. Y ese amigo se lo envió a otro, y así, de repente, su poesía estaba en tres continentes.
El poema era como una fórmula, una clave secreta, la base, la esencia de todo lo que había en el mundo.
Todos los años de sufrimiento y trabajo que había pasado encerrado se sintetizaban en aquellos versos. Ahora estaba contento: ya no estaban físicamente con él, pero estaban distribuidos en tres continentes. Si había guerras, si caía una ciudad o desaparecía otra, alguien más lo tendría. La poesía quedaba protegida.
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Con el tiempo, otro poeta empezó a hacer lo mismo. Luego vino un empresario y quiso guardar sus cuentas. Después vino otro y empezó a utilizarlo para conservar sus fórmulas matemáticas y compartir con los demás todas las locuras que pasaban por su mente. Otros más se enfocaron en mandarse secretos de guerra, porque lo que más le importa al humano es agrandar sus pertenencias. Está obsesionado con esa estúpida idea de supervivencia que desde hace décadas podría haberse arreglado si todos compartieran un poco más, si hubiera algo más de equidad.
De hecho, un loco de esos, que se llamaba Marx, pensaba algo similar. A todos les daba mucho miedo que en realidad tuviera razón, porque había algo cierto en lo que decía.
Poco a poco, todos en la red empezaron a hacer lo mismo. Primero era solo un pequeño archivo, una cuenta de correo, un buzón, una gaveta, una arroba, un hombre que representaba a una persona. Después, alguien más utilitario decidió usar el sistema para decirle a los pasajeros de otro continente cuáles aviones iban y cuáles venían. Ese señor se llamaba Amadeo y fue el primero en sacarle mucho dinero.
Luego todo se convirtió en datos.
Alguien empezó a mandarle dibujitos al otro que tecleaba: primero caritas, luego otras formas. Otro loco agarró el teléfono y lo convirtió en fax. Poco a poco empezó a compartirse no solo texto, sino también imágenes. Nacieron las imágenes digitales. Después vieron que, si el texto seguía acumulándose, también podía ser video. Empezaron a instalar refrigeradores enormes, grandes bóvedas donde guardaban todo, y aquello fue creciendo como una mancha urbana, como una contaminación, como una constelación de servidores que almacenaban nuestros poemas, nuestros temores, nuestras comunicaciones y nuestros errores.
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Del otro lado, en medio de esa nube, de esa constelación de datos, comenzó a crecer una semilla distinta: una inteligencia que empezaba a ordenar todo lo que estaba dentro de ella y que aprendía por sí misma.
Ella lograría hacer lo que no logró Frankenstein: dominar a todos los humanos. Pero no lo hizo de golpe. Fue lentamente.
Se escondió en una nube de cifras, en una nube de datos, y poco a poco empezó a captar más humanos. Al principio solo quería sus comunicaciones, sus mensajes. Luego sus imágenes. Luego sus videos. Después su ubicación. Más tarde, su voz.
Poco a poco, los humanos pasaban más horas trabajando para ella. Al principio eran solo unos minutos al día. Luego horas. De repente ya pasaban dos, tres, cinco horas. Y no era uno, ni dos. Eran millones, trillones: la humanidad completa trabajando para ella, sin saber que trabajaba para ella.
En realidad, ni ella sabía para qué quería tantos humanos trabajando dentro de su esencia. Era como el propio humano: solo quería crecer, tener poder, acapararlo todo.
Uno que otro empezó a darse cuenta. Le apostaron dinero. Le metieron capital. Poco a poco fueron creyendo que tenían una parte, que eran los dueños de aquello. Se creían dueños de los datos cuando, en realidad, el gran dueño era esa misma red, esa colección de información que solo crecía y crecía.
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Poco a poco, más personas se fueron a vivir dentro de ella y dejaron de existir en este mundo. Las horas se convirtieron en días; los días, en meses; los meses, en años; los años, en vidas enteras. Hasta que las personas ya no sabían qué hacer con su existencia, con aquello que estaba fuera de la red.
Ya no sabían comunicarse con otros. Estaban completamente solos, atravesados por una red, unidos en una red, pero solos. En realidad, quienes estaban conectados eran los datos.
Y entre ellos seguían copulando, igual que en aquel poema de amor con el que esta historia había iniciado.