¿Te imaginas cuando la inteligencia artificial, la robótica, los autos y drones autónomos, la computación en la nube y los gemelos digitales convivan día a día y sigan integrándose de forma continua, con la ayuda de la inteligencia humana, que es la creadora inicial de toda esta tecnología?

Soy Edgardo Montero y desde que tengo uso de razón he vivido utilizando la tecnología para ayudarme, a mí y a los que me rodean, a lograr lo que desean. En este video te contaré un cuento de ciencia ficción que, como supones, está a punto de su realización.

Lo que vas a escuchar es una historia tecnológica que acelera lo que ya existe actualmente, pero la adaptaré a un deseo latente que he tenido cientos de mañanas al tomar mi desayuno preferido, el cual está compuesto por una mezcla de frutos rojos con granola, chocolate, yogur y otras frutas de todos los colores y sabores…

Hoy he decidido imaginar cómo podría ser en un futuro cercano la agricultura de estos frutos rojos en España. Para hacerlo, crearé un grupo de animales androides que me ayuden a arar, sembrar, cultivar y cosechar toneladas de estas «frutas sagradas» para ayudar a miles de personas a mejorar sus mañanas.

Lo primero que necesito para poder sembrar es tierra. Aprovecharé la historia milenaria de enterrar semillas y ver cómo de la nada empieza la vida a brotar, crecer y alimentar.

Elegí ubicar esta historia en la España Vaciada, en esas tierras que la atracción de la vida moderna ha dejado vacías. El movimiento inicial de esta historia comenzó cuando mi asistente de inteligencia artificial creó un plan de negocio y se puso a buscar al propietario de alguna hectárea olvidada del hombre y de Dios que quisiera prestarme su tierra a cambio de compartir lo que ganara con ella.

— Hola, ¿es usted el señor Venancio?

— Ese mismo soy yo. Don Venancio de Villa Olvidada.

— Hola, yo soy Edgardo Montero, el que le hizo llegar el plan de negocio sobre la plantación de frutos rojos.

— Ahhh, sí, Eduardo, lo vi, pero no entendí casi nada. ¿Me lo puede explicar?

— Con gusto, don Venancio, pero soy Edgardo, como Eduardo pero con G, de Guerrero. Edgardo Montero.

— Ah, pues yo soy Venancio con V de valiente, soy un valiente mozuelo brillando en su quinta década.

— Me parece perfecto, un Guerrero y un Valiente de la misma quinta. Me gusta la idea.

— A ver, Edgardo, cuéntame qué es lo que me estás proponiendo.

— Pues la idea es que usted ponga la tierra y de lo que saquemos nos vayamos a medias.

— ¿Y cuánto podemos sacar?

— Pues el primer año será un equis por ciento de la inversión, pero el segundo y el tercero será el doble, y así los años siguientes. También depende de la oferta y la demanda, pero hasta que haya hombre habrá hambre y el alimento no dejará de necesitarse, y menos estos frutos rojos que están llenos de antioxidantes y que, además de ser deliciosos, estoy seguro de que alargan y mejoran la vida de quien los toma.

— Pues mira, no entiendo nada de lo que dices, pero estoy interesado en ganar dinero.

— Pues mi idea es crear una serie de animales androides para cultivar una huertilla de frutos rojos.

— Pues algunos conocidos míos ya están utilizando unos tractores que se manejan de forma autónoma y aran y siembran, así como unos drones que también riegan. Tengo un amigo que se llama Manolete y crea unas patatas que en una tortilla saben de rechupete.

— Pues nuestro campo será de frutos rojos: fresas, frambuesas, moras y arándanos.

— ¿Y cómo lo piensas hacer?

— Pues como le decía, he diseñado una serie de lombrices que se introducirán en el suelo y que construirán una representación digital de lo que pasa en la tierra; un topo que nos ayudará a caminar por la tierra y hacer hoyos debajo de ella; un perro arado que nos ayudará con el arado y la siembra, así como un águila dron que trabajará desde el cielo y, para vigilarlo todo, un gallo que desde la altura nos mantendrá informado de cuanto está sucediendo en esta granja digital.

— Pues mira que los dibujos que mandaste me dan un poco de idea de lo que hará cada uno de estos animales, pero lo que no entiendo es quién va a dirigirlos, de dónde vas a sacar esos animales y tú dónde vas a instalarte.

— Pues como todo en esta época, es un proyecto global. Las lombrices son creadas por una empresa japonesa que se especializa en crear nanosensores para la agricultura. El topo incorpora la tecnología que utilizan los ingenieros árabes para encontrar petróleo. El perro es un robot estadounidense de una empresa que lleva ya más de cien años haciendo tractores, y el águila cóndor es centroamericana, con ella es con la que los agricultores centro y suramericanos viajan por sus millones de cordilleras y montañas.

— ¿Y el gallo?

— Ah, pues el gallo es de una compañía española, creado en el parque tecnológico de Málaga. Lo desarrollaron entre Sierra Nevada y el Mediterráneo para cuidar desde lo alto de la montaña hasta el mar.

— ¡Hostia, tío, que quiero esa granja para mí!

— Pues justo eso es lo que te invito a crear: rentar la tierra para poner en marcha nuestro campo de berries.

— Bueno, ya medio entendí que vas a hacerlo con máquinas, pero ¿quién sabe dirigirlas a todas ellas?

— Pues todas están dotadas ya de inteligencias artificiales con las cuales vamos a poder hablar, vamos a poder ver a través de todas ellas y trabajar tu tierra. Todas hablarán español y se entenderán entre ellas para trabajar con nosotros.

— Hostia, pero ¿quién va a hablar con ellas?

— Pues yo me encargaré, desde mi ordenador y mis gafas de realidad aumentada, de controlar todo lo que pasa. Ellas me reportarán a mí y yo a ti.

— Joder, hostia, tío, ¿eres real?

— No, en verdad no. Soy una inteligencia artificial que actúa como Edgardo, que se explica mejor que él, pero ahora te lo paso.

— Venancio, hola, ¿qué tal? Soy Edgardo.

— Edgardo Montero, ¿el de verdad?

— Exacto, mi querido valiente Venancio, conmigo has estado hablando. Solo fue un juego que se me ocurrió para hacerte llegar el trato, y mira, quiero enseñarte este plato que es mi desayuno diario. Esto es lo que vamos a crear: una infinidad de mañanas nutritivas y deliciosas para miles de personas.

— Oye, que se ve bien eso, tío, y el plan de tus robots se escucha mejor, pero ¿de dónde va a salir el dinero para hacer todo esto?

— Pues vamos a ir mitad y mitad. El banco nos va a dar un crédito, a ti por tu tierra y a mí por mis empresas, y así nos darán el préstamo. La tecnología será rentada, haremos pruebas y si nos sale nos seguimos sembrando; si no, devolvemos todo. Pero no creo que haya pérdida.

— Tío, pero no me imagino cómo será todo esto.

— Pues yo, como siempre, he creado la primera versión en mi imaginación con lo que he visto e integrado.

— Pero ¿cómo vas a llevar todo esto hasta mi tierra? No hay carretera.

— Ya lo verás, mi querido Venancio.

— Pero no hay energía eléctrica…

— Ya tengo resuelto cómo lo haremos.

— Pero esas tierras están más secas que naaaa.

— También ya hay solución para ello.

— Creo que algo vi en el plan. La única pregunta que tengo es si esto podrá ser realidad.

— Es tecnología que ya está disponible en el campo, en las fábricas automatizadas, en internet, en los campos más sofisticados. Te aseguro que cuando empieces a verlos actuar y a platicar con ellos lo entenderás bien. Cada uno de ellos te podrá explicar qué es lo que va a hacer, cuáles son los costos, los riesgos y cuánto tiempo les va a tomar.

— Bueno, pareces confiable, Edgardo. ¿Cuándo empezamos?

— Pues ahora es viernes, hay que descansar el fin de semana. Ahora te mando el contrato; si lo firmas, el banco transfiere el dinero a las empresas que se ponen a trabajar en nuestros androides y para la semana siguiente podemos empezar.

— Joder, quiero ver eso con mis propios ojos.

— Pues pronto lo podrás hacer y lo verás no solo con tus ojos sino con los de todos nuestros perfiles robóticos.

El magno dron industrial surcaba el claro cielo soleado de algún lugar alejado de la España Vaciada, aquellos pueblos con pequeñas callejuelas que alguna vez albergaron y crearon la vida.

Aquellas tierras que la concentración de la riqueza dejó secas, aquellas de las que nadie se ocupó, cuyos habitantes salieron hace décadas en busca de trabajo y las comodidades de la vida moderna.

Esas tierras que nadie quiere ocupar me parecen una de las más grandes oportunidades que se pueden aprovechar, y heme aquí con mi escuadrón llegando justo a las tierras de Villaolvidada para intentar regresarlas a la fertilidad.

El dron de hélices gigantes, al llegar al destino, empezó a descender para dejar el contenedor que traía todo lo que necesitaba para regresar a la fertilidad y a la producción esta tierra olvidada del hombre y al parecer de Dios.

La tierra seca del llano yermo sintió el viento de las hélices y suspiró, como si adivinara que en aquella caja negra llena de paneles solares vendría su amante.

El dron gigante depositó con precisión la caja en la tierra, enrolló las cuerdas que la mantenían sostenida debajo de él y, sin hacer mayor ceremonia, volvió al cielo como un relámpago y como un rayo regresó hacia el aeropuerto del cual partió.

Al abrirse la puerta del contenedor empezaron a despertar los párpados de todos los animales; un cúmulo de luces se alertó en el centro de operaciones de esta caja almacén y el primero en salir fue el águila.

Lo decidí así porque quería primero que realizara una inspección de cuánto había alrededor: que abriera las alas y volara alto en búsqueda de alguna amenaza que pudiera comprometer la operación. No tenía idea de lo que pudiera ser, pero quería hacer un buen reconocimiento y delimitación de la zona antes de entrar en operación.

Extrañamente la tierra de Venancio no estaba vallada, solo la pude reconocer por las señales que me dio. Estaba en medio de la nada. La tierra seca, amarilla, podría ser de cualquiera, de nadie, de quien fuera. La propiedad aquí demuestra su ilusión; como dijeran mis antecesores, «la tierra es de quien la trabaja», y ahora venía el momento de regresar un hálito divino a este lugar muerto de olvido.

El águila de metal salió volando de la caja. Sus alas eran largas y extensivas; cada una de ellas tenía decenas de hélices que le permitían flotar y moverse no solo a velocidad en diagonal o de forma circular como les es característico, sino que además podía subir y bajar de forma estática. En su pecho tenía una serie de herramientas para cargar todo tipo de instrumentos, cajas, botellas de líquidos. Sus ojos eran sensores que podían ver a kilómetros; sus alas, sentir la velocidad del viento y la calidad del aire. Era una colección de sensores aérea que podría realizar cualquier tarea que hubiera en la tierra.

Desde la altura no vi ningún riesgo, pero para cerciorarme le di la instrucción:

— Dime, mi querida águila sagrada, ¿ves algún riesgo para la operación?

— No, mi querido Edgardo. No veo ningún riesgo; está toda el área despejada. Lo único que hay es calor, sol, polvo y viento. Lo único que veo es que necesitaremos mucho tiempo para poder devolver a esta tierra la fertilidad.

— Pues lo bueno es que con ustedes el tiempo es menor, pues no descansan, no comen más que energía, no se distraen ni tienen otro objetivo que completar la tarea.

— No entiendo bien a lo que te refieres, pero si te estás comparando conmigo, te diré que sí somos distintos: vamos por el objetivo.

— Tienes razón. Ustedes no saben jugar al trabajar. Creo que voy a corregir esto en el algoritmo para que las respuestas que me dan tengan algo de juego; si no, esto será cansado y aburrido.

— Pues tú eres el encargado de nuestro entrenamiento. La programación y la actualización corre a cargo del programador; este es el firmware número 10542.

— Mi querido topo, creo que tú eres el primero que debe entrar en acción. Realiza una inspección por debajo de la tierra y ve depositando nuestras lombrices japonesas.

— Claro, mis queridos Edgardos, ahora mismo vamos a iniciar el trabajo que nos ha sido encomendado. Comenzaré haciendo un recorrido superficial; he dividido el terreno en 100 cuadrados de 3 metros cuadrados y voy a depositar en cada uno tres lombrices que irán moviendo el subsuelo y analizando qué tipo de nutrientes necesitan para hacer el pedido correcto.

— Me imagino que tardarás mucho tiempo, pues es muy largo el trayecto, mi querido topo.

— Pues no necesariamente, mi querido Edgardo, pues esto no es nada comparado a hacer pozos en el desierto para buscar petróleo, que fue para lo que fui creado por mis amos.

Desde la visión del águila pude ver cómo el topo salía a velocidad de la caja y empezaba a hacer los hoyos con la precisión que había indicado. En su vientre llevaba decenas de las lombrices japonesas que iniciaban su trabajo en cuanto eran depositadas.

— Nosotras corroboramos que la teoría era cierta: esta tierra está muerta, sobre todo por falta de uso. Hace falta agua, pero no tenga problema, mi querido maestro, pues detectaremos por la humedad dónde está el pozo más cercano y, escaneando la zona, procederemos a diseñar el sistema de riego.

Ahora le tocaba el turno a mi querido perro tractor. Las ruedas mecánicas del bulldozer eléctrico se hicieron sonar en cuanto salieron del cuartel; sus ruedas en forma de oruga le permitían ir a velocidad adelante y atrás de forma maravillosa.

Al bajar a la tierra, lo primero que hizo fue un reconocimiento de sus capacidades: fue adelante, atrás, en círculos. Me impresionó la velocidad.

— Beginning check up of function… Tracción delantera, trasera revisada. Ahora vamos con las diagonales: 45 izquierda delante, 45 izquierda atrás, ahora derecha delante, atrás. Todo check up. Ahora prueba de piernas.

De debajo de ella salieron cuatro patas y empezó a recorrer la zona con paso firme pero algo delicado, como si cuidara de no hacerse daño y equilibrar cada parte de su cuerpo.

— Patas preparadas. Ahora haciendo check up de sistemas y herramientas.

Entonces sacó de su vientre una decena de herramientas como si fuera una gran navaja suiza: unas tijeras para la recolección, unas mangueras con aspersores para el riego directo, varios brazos mecánicos para manejar las plantas, cada uno de ellos con tijeras para cortarlas. Después sacó otro par de herramientas igual de su parte superior, movió todas y cada una en diferentes direcciones. No supe lo que hacía, pero era una gran demostración de ingeniería y técnica, un universo de posibilidades.

— Check up completado, mi querido Edgardo. Listo para my work of the day; el primer paso en el programa is the superficial inspection.

— Roger that, baby, do the job, men.

Al final de todos los animales apareció caminando gallardo mi querido animal vigía, el más gallardo, mi querido Gallo Español, que sería el que me ayudaría a mantener la visión desde el espacio superior.

— ¿Qué pasa, tío? ¿Ya se han puesto a trabajar los muchachos?

— Así es, mi querido Gallo. Tú sí que me hablas como yo espero ser tratado: sin tanto tecnicismo y rollo, sino simplemente como se debe de hacer para pasar el rato.

— Pues la vida es para esto, mi querido Edgardo. Vamos a dejar que las máquinas hagan su trabajo y tú y yo vamos a ir planeando los siguientes pasos.

— Me parece bien, mi querido Gallo. Lo primero que necesitamos hacer es ponerte un puesto de mando para que desde ahí puedas vigilar todo el terreno.

— Ya he ubicado el lugar. Voy a llegar a él y establecer desde ahí mi puesto de mando.

Entonces el gallo abrió las alas y se elevó a unos tres metros sobre el suelo, fue directo a lo que sería el centro del campo y se quedó detenido por un momento.

— Creo que desde aquí establecemos el puesto de mando. Le voy a decir al topo que haga lo propio.

El topo se fue justo debajo del gallo. Sobre la superficie hizo todavía más pronunciado su pico rotomartillo e inició sus trabajos; del hueco solo se veía salir tierra. Por el panel vi que alcanzó 50 centímetros de profundidad, entonces salió a la superficie, escupió un tubo de tierra y después lo volvió a hacer, una y otra vez. Unas cuatro veces después dijo:

— El hoyo está hecho, mi querido Gallo. Ya puedes decirle al águila que traiga el puesto de mando.

El águila entonces se fue directo al contenedor y salió con un tubo blanco y grueso de más o menos un metro. No venía agarrado de nada; parecía que el pecho del águila era un gran imán que podía recoger y cargar. Al llegar al hoyo se puso sobre él y dejó caer el tubo, que entraba de forma perfecta.

El águila, el topo y el gallo se movieron a la derecha, y entonces empezó a emerger del suelo un tubo blanco. De forma telescópica fue haciéndose grande; cada metro salía un nuevo tubo más delgado hasta que alcanzó los siete metros. Entonces salieron de su punta un motor y unas hélices plegadas: primero se desplegó una, luego la segunda, después la tercera, y al poco tiempo estaban girando las tres.

Yo veía asombrado cuánto se creaba ante mis ojos, pero ninguno de los animales parecía alegrarse. Era complejo y, sin pensarlo, de lo más profundo de mí salió un «wowww, hasta dónde hemos llegado».

El gallo contestó:

— Pues al inicio de los trabajos. Ahora me instalaré en el puesto de mando.

Entonces el gallo voló hasta la altura media de la veleta, en la que había un pequeño travesaño en el que se quedó anclado.

— Visión periférica activada.

Entonces apareció frente a mí una visión de todo el campo. Podía ver en el cielo el sol que parecía matar a cualquier cosa que estuviera viva; nunca sabré si era por el calentamiento global o por la geografía, pero la temperatura eran 40 grados. El viento era poco, pero las aspas lo aprovechaban para generar energía.

— Probabilidad de lluvia cero. Humedad cero. Ningún ser humano ni actividad detectada en diez kilómetros a la redonda.

— Joder, tío, estamos solos.

— Pues no es así, mi querido Edgardo. Estamos nosotros. El desembarco ha sido logrado con éxito. Continúen trabajando, muchachos… Lombrices, ¿cómo va esa búsqueda de agua?

— Por el momento nada, mi querido maestro, pero seguiremos avanzando en la búsqueda. Todo éxito necesita paciencia y tiempo; ese es el primer elemento.

— Topo, ¿cómo va la entrega de nuestras lombrices japonesas?

— Mis queridos amos, el ejército ha sido entregado en un cincuenta por ciento.

Entonces vi en un panel cómo se veía por debajo de la tierra cuánto había en ella: rocas, cúmulos, densidades, una que otra bolsa de plástico, una lata.

— Yo seguiré moviendo la tierra, giving some movement to proceed to the hydration and fertilization.

— ¿Y tú, águila, dónde estás? —dijo el gallo.

— Estoy sobrevolando la zona. Detecté algo de movimiento y he visto que la carretera más cercana nos queda a quince kilómetros; en caso de necesitar algo por tierra, esta sería la primera vía de acceso. Ahora voy a inspeccionar el pueblo para ver en qué condiciones se encuentra y con qué facilidades cuenta. Lo que más me interesa es ver el sistema hidráulico.

— Perfecto, tío, mantenme informado.

— Oye, Gallo, que ustedes ya tienen todo pensado. ¿Qué voy a hacer yo?

— Pues por el momento vete a desayunar algo, y cualquier evento que surja te mantendré al tanto. Si tienes alguna duda, solo háblame desde tus gafas y te proyecto el estatus del trabajo.

— Gracias, mi querido Gallo. Le voy a mandar a Venancio este video; seguro va a flipar con lo que estoy viendo.

— Imagen del subsuelo terminada —gritaron a coro las lombrices japonesas. En esos momentos apareció ante mis ojos una gráfica en la que se veían los diferentes indicadores de la fertilidad del suelo: el pH, la materia orgánica, el nitrógeno, el fósforo, el potasio, el factor de intercambio catiónico —o sea, la capacidad del suelo de retener nutrientes—, la textura del suelo y la conductividad eléctrica. Todos los niveles se veían en la zona roja, nada óptimos para la siembra.

— Queridos amigos, ahora sabremos con mayor precisión lo que ya intuíamos: esta tierra está muerta. ¿Qué es lo que hacemos?

— Hemos mandado al maestro la muestra y está haciendo un cálculo de qué composta, fertilizantes y otros químicos se necesitan, pero por lo pronto lo más importante es que hemos localizado agua a unos cuantos metros de profundidad. Hemos mandado al topo a realizar su trabajo.

— Aquí horadando lo más profundo. Siento que estoy cerca. ¡Qué alegre me siento de estar buscando agua y no petróleo! Estoy empezando a sentir la presencia de más y más humedad.

— Gusano japonés — Pronto empezarás a sentir más y más humedad y tocarás un manto acuífero, más o menos a unos treinta metros.

— Topo — ¡Splash, splash, splash! Ya he tocado agua. Estoy listo para iniciar la conexión con el sistema de irrigación.

— Gallo — ¡Vamos a ello, mi querido topo! Te mando la ubicación exacta de la base del molino de viento para que crees un túnel directo que te haga llegar hasta su base; ahí te estará esperando la manguera y la bomba de succión que jalará el agua desde el subsuelo hasta el motor del tubo de las hélices, y por fin convertiremos esto en una fuente de agua y regresaremos a esta tierra a ver el verde otra vez.

— Lombrices Japonesas — Mi querido Gallo, el algoritmo maestro ya ha analizado la tierra y nos ha dado la mezcla perfecta de abono, fertilizantes y otros químicos para tratar el suelo.

— Gallo — Capitán, solicitamos su autorización para realizar la compra de este abono; la compra excede lo que se tenía planeado para este rubro. Necesitamos su autorización.

— Edgardo — Como siempre que se hace algo nuevo, los gastos al parecer van a exceder lo pactado. Pero ¿cuánto vale el volver la vida a la tierra? En el corto plazo, para esta siembra, tal vez no mucho, pero si regresamos la vida a estos pueblos, generamos alimento y hacemos que el pueblo se ocupe, seguramente multiplicaremos exponencialmente las utilidades. Vamos para adelante.

— Gallo — Presupuesto aprobado. Los fondos han sido trasladados a la empresa del abono; nos ofrecen una tasa de financiamiento así como una proyección de lo que necesitaremos hasta la cosecha. La variación total es de un treinta por ciento más, lo cual reduciría los beneficios en un veinte por ciento.

— Pues no se hable más. Entre más rápido lo podamos lograr, mejor será el retorno de la inversión.

— Topo — He llegado a la base de la veleta, ahora hidráulica. Conexión terminada.

— Gallo — Iniciamos la succión. Demos un poco más de fuerza a las hélices. Transmito el proceso.

Mis lentes opacaron la realidad por unos segundos y me sumergieron por completo en el llano yermo de Villaolvidada. En una pantalla tenía la vista del águila sobrevolando a veinte metros la tierra; en la otra, la del gallo debajo de la veleta; a nivel de tierra, el perro no dejaba de moverse por el suelo seco, removiéndolo.

— Gallo — 5, 4, 3, 2, 1… ¡Aaaaaagua!

De la parte baja del tubo empezó a salir un chorro pequeño que rociaba un radio de un metro; conforme iba subiendo fueron dos, luego tres. Pronto la torre completa apareció como una fuente danzante y los chorros del agua iban ascendiendo y alcanzando diez, veinte, treinta metros. La visión del perro empezó a mostrar cómo las gotas empezaban a formar ríos de lágrimas, como si la tierra llorara de felicidad. El águila empezó a dar vueltas en forma excéntrica, dando imágenes cada vez más precisas de las zonas secas y las que empezaban a ser irrigadas. La visión del gallo me permitía ver en 360 grados; ahí me di cuenta de que no tenía un representante que me permitiera ir a donde yo quisiera por la siembra sin interrumpir el trabajo de mis animales, así que decidí crear un colibrí cuya única función sería ir de aquí para allá de forma rápida y permitirme observar a detalle cualquier lugar. Lo añadiría a la lista de entrega.

— Mi querido Gallo, esto empieza a parecer éxito, pero veo que el agua no llega a todo el terreno.

— Todavía no terminamos. Espera a ver la función final de irrigado.

Entonces la hélice se detuvo. Luego el motor inició un sonido como de juego mecánico y empezó a volverse horizontal; en unos segundos la hélice ya estaba en posición horizontal, las aspas mostraron también sus dispersores, y así la fuente mágica logró cubrir todo el terreno. Al parecer habíamos terminado con el suelo seco y el alimento para la tierra venía en camino. Estábamos haciendo progreso.

— ¡Banzai! —gritaron las lombrices.

— ¿Qué dicen?

— ¡Banzai!

— ¿Y eso qué significa?

— ¡Banzai!

— Significa larga vida, mi querido Edgardo. Eso es lo que estamos logrando.

— ¡Quiquiriquí! Edgardo, el campo está preparado, listo para ser sembrado. Las semillas llegarán esta tarde. La empresa japonesa que creó las lombrices ha creado el gemelo digital de nuestra tierra y nos tiene una sorpresa: nos dice que con las condiciones que tenemos en el terreno podemos también sembrar granada en los perímetros, con lo cual tendríamos una cosecha escalonada durante cinco meses. Tendríamos fresas de abril a junio, frambuesas y moras entre mayo y agosto, arándanos de junio a agosto, y granada de septiembre a noviembre.

— Entonces empezaríamos a ver la primera cosecha en abril. ¿Cuánto tiempo llevará la etapa de siembra?

— Pues habrá que preguntárselo al perro arado, que es el que realizará en su mayoría el trabajo.

— ¡Guau, guau! He escuchado mi nombre. Pues de momento la tierra está ya lista, nivelada, las zonas están trazadas y se ha aplicado la materia orgánica y la composta. El tiempo estimado para esta tarea era de dos meses, pero al trabajar también por las noches se ha reducido a quince días. Ahora tengo que preparar los tres pisos para la siembra y con los granados son cuatro procesos.

— ¿Cómo va a estructurarse entonces el terreno?

— Pues en lo bajo van los arándanos; las frambuesas y las moras van con tutores, es decir, en palos con guías; y las fresas en camas altas. En los perímetros van las granadas. Voy a construir una estructura que soporte los cuatro objetivos.

— Pero lo vas a hacer todo tú, mi querido perro arado.

— Vamos a trabajar de forma sincronizada: el topo va a ir preparando el suelo para instalar la estructura, el águila dron me irá trayendo todos los materiales del almacén, y así lo iremos haciendo. Iremos al mismo tiempo preparando el terreno para las cuatro cosechas. El primer ciclo es el más complejo pues hay que construir la estructura, pero está estimado en unas 500 horas.

— ¿Y eso cuánto es en días?

— En nuestra jornada de trabajo natural de 20 horas al día y cuatro de recarga y mantenimiento, lo tendríamos en unos veinte días.

— En el plan estaba trazado en más tiempo.

— Porque no teníamos el gemelo digital del terreno ni las condiciones precisas como las tenemos en este momento. Además, los materiales que utilizamos ya están en su mayoría prefabricados; en realidad solo se trata de instalar y armar estructuras ya creadas. Y con el trabajo sincronizado que hemos establecido con el topo y el águila se ha optimizado por completo el tiempo.

— Gallo — Las lombrices ya han hecho su trabajo. Es momento de recogerlas y dejar solo un diez por ciento de ellas; el resto regresa a Japón.

— Arigato gozaimasu. Esta tierra está completamente digitalizada. Solo se quedarán unas pocas de nosotras para medir cambios, variaciones y avances.

— Gallo — En cuanto se mande la señal al proveedor, vendrán por ellas.

— Edgardo — ¿Y tendrá que recogerlas el topo, así como las sembró?

— Gallo — No. Para la recolección ellas tienen un sistema propio que las va recogiendo desde la superficie con unas delgadas agujas e imanes, e insertan donde estuvieron una bola de lombrices para que mantengan la tierra en movimiento.

— Edgardo — Oye, y después, ¿qué sigue?

— Gallo — Pues en el mes tres se hace la plantación. De ahí viene la parte larga, que es el mantenimiento y el desarrollo, con una duración de tres meses. Durante este tiempo todo consiste en regar, fertilizar y monitorear el crecimiento, así como controlar plagas y malezas en caso de que las hubiera. Pero desde aquí yo me encargo de ver a los posibles agresores desde veinte kilómetros antes de que se acerquen a nuestra tierra.

— Edgardo — ¿Y cuándo vendrá la cosecha?

— Gallo — Pues justo como las plantamos: primero las fresas, en mayo y junio; las frambuesas en junio y julio; los arándanos en julio y agosto; y los granados en septiembre y octubre.

— Edgardo — Oye, ¿y les va a dar tiempo de hacer todo esto?

— Gallo — Tenemos el problema opuesto: lo haremos demasiado rápido. Hay muchos tiempos muertos.

— Edgardo — ¿Qué opciones tenemos?

— Gallo — Pues estamos trabajando con el equipo mínimo posible, pero podemos extender el cultivo.

— Edgardo — Pues creo que puedo conseguirlo. Ayer le mandé a Venancio un video de los avances y quedó encantado; no deja de presumirlo entre sus amigos.

— Gallo — ¡Vaale, pues es el momento perfecto! Estoy creando un render del proceso completo, así como un business plan para poder expandir el cultivo a los campos contiguos.

— Edgardo — ¿Y lo haríamos solo con los animales que tenemos?

— Gallo — Pues para seguir con el ritmo necesitaríamos duplicar la fuerza laboral.

— Edgardo — Es decir, otro topo, otro perro arado y otra águila dron.

— Gallo — Y otro gallo para mí, pero preferiría que fueran robots femeninos para poder tener más equilibrio. Ahora estamos diseñados con un perfil lógico hermafrodita, pero está dándose una tendencia de crear perfiles un 50 por ciento hermafrodita y un 50 por ciento cargados hacia un género para lograr mayor colaboración.

— Edgardo — ¿Y cuál es la diferencia entre que fueran dos hermafroditas completos?

— Gallo — Pues que la discusión entre ambos esquemas se hace más pronunciada. El espíritu femenino es más holístico y va por la conservación, y el masculino por la producción y la explotación. Al tener los entes separados se puede entender mejor el origen o la carga de cada decisión.

— Edgardo — Pues lo que tú digas; tú eres aquí el que sabe.

— Gallo — Y tú el que lo hace factible. Las máquinas no somos muy buenas para convencer a los humanos.

— Edgardo — Pues nos convencen con sus resultados. Pero nosotros somos seres mucho más complejos: tenemos una memoria aleatoria, llena de emociones, sentimientos y recuerdos, que nos hace ver y sentir el mundo de un modo distinto. Entendemos la lógica, pero en el fondo somos irracionales. Lo que más nos gusta es el amor, la diversión y el arte.

— Gallo — Sería interesante conocer algo de esto. Creo que todo se debe a esa memoria aleatoria que llaman sensibilidad; nos han programado para imitarla pero no podemos generarla ni sentirla: es tan solo una función más.

— Edgardo — Creo que sería mejor llamarlo una ficción más, pues en esencia son una programación ordenada, no una máquina caótica y desordenada como lo es el alma humana. De hecho, se me ocurre que hagamos aquí una fiesta para celebrar el momento.

— Gallo — ¿Una fiesta? No sé hacer eso.

— Edgardo — No te preocupes; los mexicanos somos especialistas en ello. Lo que necesitamos para hacerla es una carpa con un refugio para el sol, y creo que el mejor momento sería cuando instalen la segunda hélice eólica.

— Gallo — Puedo mandar al topo a avanzar para que cuando llegue el siguiente regimiento baje justo del contenedor a instalar el sistema de irrigación.

— Edgardo — Justo esto les encantará. Además podemos bañarnos al sol; voy a traerles ropa para que se cambien.

— Gallo — ¿Qué más necesitas de mí?

— Edgardo — Pues con que el proceso se haga lo más espectacular posible los amigos de Venancio quedarán encantados. Incluso podemos crear un video del momento, y seguro esto nos va a traer más y más dueños de tierras, y así podremos convertir la España olvidada en una fuente de comida, vida y alegría.

— Gallo — ¡Ahhhhahh yujjjaaa! Así dicen en tu pueblo, ¿no, mi querido Edgardo? Creo que puedo hacer que mi tropa haga un desembarco como los legionarios y que bailen con ustedes; además podemos utilizar todos nuestros recursos y sensores para poner luces de fiesta y que inicie al atardecer y continúe la noche entera como en España se celebra.

— Edgardo — Creo que habrá que cambiarle el nombre a esta villa olvidada por algo más fértil.

— Gallo — ¿Qué te parece Villa Esperanza?

— Edgardo — Pues vas a conseguir unos petardos que formen en el cielo estas palabras, y en el próximo pedido pide que traigan unos carteles para colgarlos por toda la comarca.

— Gallo — ¡Mis queridos amigos, demos un hurra por Villa Esperanza!

— ¡Hurra, hurra, hurra! —gritaron los animales al unísono.

En ese momento me quité las gafas, mandé las propuestas a los vecinos de Venancio y así fue como se fundó Villa Esperanza. Pero la historia y el progreso nunca acaban. Ahora te toca a ti crear tu nuevo futuro, tu nueva villa esperanza.


Edgardo Méndez Montero es escritor, investigador y creador de Futuros Positivos, un proyecto de narrativa sonora, entrevistas y ficción sobre el futuro que se está construyendo hoy.