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La luz empezaba a menguar, dando entrada a la oscuridad. La música vibraba en el cuerpo: los agudos en la cabeza, los bajos en el pecho, el ritmo en las piernas. Nadie podía dejar de moverse.
Ajusté el volumen del dispositivo en mi oído y entré en una nueva dimensión de sonido. No sabía qué venía de dentro y qué de fuera. Una pérgola holográfica dejó ver todas las constelaciones de la Tierra. No podía distinguir qué era verdad, qué mentira, quién era yo y quiénes los que tenía alrededor.
Había vivido cientos de conciertos masivos, tocado días enteros con orquestas de humanos y robots, con músicos callejeros, con bailarines robot de forma animal, humana y amorfa. Pero esto era distinto. No sabía qué era, y me angustiaba.
**¿Puede la música seguir siendo el único idioma que no necesita traducirse?**
Ahí empieza este episodio.
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Howard Gardner llamó musical a la inteligencia que nos permite percibir el ritmo, el tono, el timbre — y transformarlos en algo compartido. Es, quizás, la más antigua forma de inteligencia colectiva que tenemos: mucho antes de las palabras, ya sabíamos sincronizarnos alrededor de un tambor.
Este episodio imagina qué pasa cuando esa capacidad se amplifica hasta el límite — cuando ya no se puede distinguir la voz humana de la voz proyectada, y tal vez ya no haga falta.
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Todo comenzó apenas unos meses antes. Yo estaba en la calle, cantando con mi traje sonoro, cuando alguien empezó a filmarme y a transmitir en directo. Animaba a un grupo creciente a cantar conmigo el verso de «Give Peace a Chance», de John Lennon — ese donde va enumerando ismos, uno tras otro.
Bastaba con que una, dos o tres personas empezaran a cantar y aplaudir para que el ritmo se expandiera solo. Esa vez, un grupo de treinta turistas se puso frente a mí y empezó a corear el estribillo entero.
En cuanto se unieron, se unieron muchos más. La gente le gritaba el mismo estribillo a la cara a otros desconocidos, como los extintos flash mobs, y la energía seguía surtiendo efecto — pero esta vez sentí que era distinta, como si algo más grande me estuviera usando de instrumento.
Cuando acabé la canción, la gente se abrazaba, se daba las gracias entre sí. El video se volvió viral en minutos.
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Creo que el momento era el idóneo. El mundo volvía a tocar la delgada línea en la que todo se acaba: se hablaba otra vez de guerra nuclear, de quién lanzaría la primera bomba. Las razones eran las mismas de siempre — la desigualdad entre las sociedades tecnológicas y las analógicas.
Personas con esperanza de vida de doscientos años, junto a otras que apenas llegaban a ochenta. Unos con chips integrados, otros todavía con el móvil en la mano. Unos con brazos biónicos que cargaban quinientos kilos, otros que apenas podían levantar cuarenta. Y de vez en cuando, alguna pandemia rara que se llevaba a mucha gente en una semana, con una vacuna carísima al principio — todos sabían que eran armas biológicas, pero la información corría de forma tan retorcida que nadie podía distinguir ya qué era verdad.
Creo que fue el nacimiento del movimiento de la inteligencia musical lo que volvió aquel video viral. Su idea de fondo: que lo único que necesitábamos para resolver los problemas del mundo eran los principios de la música. Buscar la armonía. Dejar de competir y tocar todos una misma pieza. Que nuestra voz desapareciera en el eco del coro de la humanidad.
Era más fácil de sentir que de explicar. Por eso la solución, decían, era cantar.
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Ese video fue lo que me trajo a los cincuenta años de Tomorrowland, rodeado de miles de personas. Me tocaba a mí empezar a cantar, y todos a mi alrededor cantarían conmigo.
Sonó la señal en mi auricular: «Es tu momento».
Empecé a cantar a todo pulmón el verso de los ismos de Lennon. Un dron me tomó de los hombros y empecé a ascender. Vi mi rostro en las pantallas, junto a cientos de músicos famosos haciéndome coro, y debajo, miles de personas gritando el mismo estribillo al mismo tiempo.
Cerré los ojos y dejé que la música me guiara, como siempre hago con la inspiración.
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Algo estalló en el cenit. Un cohete de luz multicolor cayó desde el cielo: un hombre y un robot bailando en su descenso, el humano con el rostro de Ziggy Stardust, mientras sonaba el llamado de la torre de control de «Space Oddity», de David Bowie. La cuenta regresiva llegó a cero, la nave explotó, y un David Bowie del tamaño del horizonte cantó el resto de la canción.
Después, los acordes de «Stairway to Heaven». Del suelo empezó a subir, en diagonal, una escalera de neón. La voz de ángel de Jimmy Page empezó a sonar, y la gente coreó cada verso mientras más escaleras se construían a los lados, como si todos pudiéramos empezar a ascender al cielo — y algunos, de verdad, ascendían.
Luego el cielo se rompió con «Heaven Is a Place on Earth», de Belinda Carlisle. Ya no sabíamos si estábamos en el suelo o en el cielo, si esta realidad era virtual o solo musical. Nada parecía importar. Lo único que queríamos era cantar.
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Aparecieron cometas colosales en el cielo — no parecían robots, parecían naves. Refractaban luz como los triángulos de la portada de *The Dark Side of the Moon*. Y entonces el cielo se llenó de todas las estrellas de la música a la vez: Beethoven, Pink Floyd, Coldplay, Led Zeppelin, los Beatles, los Rolling Stones, Jim Morrison, Bob Marley — como si escucharas a todos, o a uno solo.
Después supimos que fue el primer día de contacto interespacial: otros planetas nos habían estado observando, y cuando creamos en el espacio la imagen de una fiesta global, decidieron acercarse.
Las naves se acomodaron para recibir a Freddie Mercury, que lanzó su himno «Princes of the Universe». Todos gritamos al mismo tiempo: todos fuimos, somos, seremos los príncipes del universo, y responsables de lo que ocurre en él.
Conforme los cantos se convirtieron en una sola armonía, los problemas se fueron disolviendo uno por uno — la desigualdad, la pobreza, el calentamiento global. Ya no distinguía entre voz humana y voz proyectada.
Sentí que dejaba de ser Edgardo.
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Puede que ese sea el límite exacto de la inteligencia musical: el punto en el que deja de ser tuya para volverse de todos. Ninguna otra inteligencia de esta serie termina así, disolviendo a quien la siente.
*¿Cuál fue la última vez que una canción te hizo sentir parte de algo más grande que tú? ¿Y si esa disolución — dejar de ser uno mismo por un momento — fuera exactamente lo que más necesitamos para resolver lo que no podemos arreglar solos?*
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🎧 **Escucha la versión sonora completa arriba.**