*Futuros Positivos · Business Fictions*
*Inteligencia Naturalista*

—¿Hola, es usted el señor Venancio?

—Ese mismo soy yo, Don Venancio de Villa Olvidada.

—Soy Edgardo Montero, el que le hizo llegar el plan de negocio sobre la plantación de frutos rojos.

—Ah, sí, Eduardo, lo vi, pero no entendí casi nada. ¿Me lo explicas?

—Con gusto, Don Venancio. Pero soy Edgardo, con G, de Guerrero.

—Pues yo soy Venancio, con V de valiente.

**¿Puede la inteligencia artificial devolverle la vida a la tierra que el mercado abandonó?**

Ahí empieza este episodio.

Howard Gardner llamó naturalista a la inteligencia que nos permite reconocer patrones en la naturaleza, clasificar especies, entender ecosistemas. Durante siglos fue la inteligencia de quien sabía leer la tierra. Este episodio imagina qué pasa cuando esa lectura se automatiza — y qué se hace con toda esa fuerza cuando se pone al servicio de un pueblo que el progreso dejó atrás.

—Cuéntame qué me estás proponiendo —dijo Venancio.

—Que usted ponga la tierra y de lo que saquemos nos vayamos a medias.

—¿Y cuánto podemos sacar?

—El primer año, un porcentaje de la inversión. El segundo y el tercero, el doble. Y así los siguientes. Hasta que haya hombre, habrá hambre, y estos frutos rojos, llenos de antioxidantes, no van a dejar de necesitarse.

—No entiendo nada de lo que dices, pero estoy interesado en ganar dinero.

—Mi idea es crear una serie de animales androides para levantar una huerta de frutos rojos: fresas, frambuesas, moras, arándanos.

—¿Y cómo?

—Con lombrices que se meten en el suelo y construyen una representación digital de la tierra. Un topo que hace hoyos. Un perro que ara y siembra. Un águila que trabaja desde el cielo. Y un gallo que, desde la altura, nos mantiene informados de todo lo que pasa en esta granja digital.

—¿Y quién los va a dirigir a todos?

—Todos hablan español entre ellos y conmigo. Yo controlo desde mi ordenador y mis gafas de realidad aumentada. Ellos me reportan a mí, y yo a usted.

—Joder, tío, ¿eres real?

—No, en realidad no. Soy una inteligencia artificial que actúa como Edgardo, que se explica mejor que él. Pero ahora te lo paso.

—Venancio, hola. Soy Edgardo, el de verdad. Solo fue un juego para explicarte el trato. Mira lo que vamos a crear: una infinidad de mañanas nutritivas para miles de personas.

—¿Y de dónde va a salir el dinero para todo esto?

—Mitad y mitad. El banco nos da crédito: a ti por tu tierra, a mí por mis empresas. La tecnología va rentada. Si sale bien, seguimos sembrando. Si no, devolvemos todo — pero no creo que haya pérdida.

—Pareces confiable, Edgardo. ¿Cuándo empezamos?

—Hoy es viernes, hay que descansar el fin de semana. Te mando el contrato. Si lo firmas, el banco transfiere el dinero, y la semana que viene empezamos.

El dron industrial surcaba el cielo soleado de algún rincón de la España Vaciada — esos pueblos de callejuelas pequeñas que alguna vez tuvieron vida, y que la concentración de la riqueza dejó secos. Nadie los quiso ocupar en décadas. Justo por eso me parecen una de las mayores oportunidades disponibles: las tierras de Villa Olvidada, a las que ahora intentábamos devolver la fertilidad.

El dron descendió, dejó el contenedor con todo lo necesario, y volvió al cielo como un rayo.

Al abrirse la puerta, se despertaron los animales. El primero en salir fue el águila.

—Dime, mi querida águila, ¿ves algún riesgo para la operación?

—No, mi querido Edgardo. Solo calor, sol, polvo y viento. Lo único que veo es que necesitaremos mucho tiempo para devolverle la fertilidad a esta tierra.

—Lo bueno es que con ustedes el tiempo cuenta distinto. No descansan, no comen más que energía, no se distraen.

—Mi querido topo, es tu turno. Inspecciona bajo tierra y ve depositando a nuestras lombrices japonesas.

—Ahora mismo, mi querido Edgardo. He dividido el terreno en cien cuadrados. En cada uno dejaré tres lombrices que irán moviendo el subsuelo y calculando qué nutrientes hacen falta.

Desde la visión del águila vi al topo salir a toda velocidad, haciendo hoyos con precisión, con decenas de lombrices en el vientre.

—Nosotras confirmamos la teoría: esta tierra está muerta, sobre todo por falta de uso. Hace falta agua, pero no se preocupe, maestro: detectaremos el pozo más cercano por la humedad.

—Ahora tú, mi querido perro tractor. Baja a tierra.

Hizo su chequeo — tracción, patas, herramientas — y anunció, mitad en español, mitad en inglés de trabajo:

—Check up completado. Listo para el primer paso: la inspección superficial.

—Roger that, baby. Do the job.

Y al final apareció el más gallardo de todos: el gallo español.

—¿Qué pasa, tío, ya se pusieron a trabajar los muchachos?

—Así es, mi querido gallo. Tú sí que me hablas como espero que me traten.

—Vamos a dejar que las máquinas trabajen, y tú y yo iremos planeando los siguientes pasos.

El gallo se elevó hasta el centro del campo. El topo horadó justo debajo. El águila trajo un tubo blanco que encajó perfecto en el hoyo, y de él fue emergiendo, telescópico, un mástil hasta los siete metros, con un motor y tres hélices en la punta.

—Visión periférica activada —anunció el gallo, y ante mí apareció todo el campo: sol de cuarenta grados, viento escaso, ni un ser humano en diez kilómetros a la redonda.

—Joder, tío, estamos solos.

—No es así, mi querido Edgardo. Estamos nosotros.

TOPO — Aquí, horadando lo más profundo. Siento que estoy cerca. Qué alegría buscar agua y no petróleo.

LOMBRICES JAPONESAS — Pronto tocarás un manto acuífero, a unos treinta metros.

TOPO — ¡Splash, splash, splash! Ya toqué agua. Listo para conectar el sistema de riego.

GALLO — ¡Vamos a ello! Te mando la ubicación exacta del molino. Crea un túnel directo hasta su base.

GALLO — Capitán, solicitamos autorización para la compra del abono. Excede lo planeado.

EDGARDO — ¿Cuánto vale devolverle la vida a la tierra? Adelante.

GALLO — Presupuesto aprobado. Iniciamos la succión…

GALLO — 5, 4, 3, 2, 1… ¡Aaaaaagua!

Del tubo empezó a salir un chorro que fue creciendo — uno, dos, tres metros — hasta que la torre entera se volvió una fuente danzante, alcanzando treinta metros de altura. Las gotas empezaron a formar ríos, como si la tierra llorara de felicidad.

LOMBRICES JAPONESAS — ¡Banzai!

GALLO — Significa larga vida, mi querido Edgardo. El campo está preparado, listo para sembrarse. La empresa japonesa nos manda una sorpresa: con estas condiciones también podemos sembrar granada en los perímetros. Cosecha escalonada durante cinco meses: fresas de abril a junio, frambuesas y moras de mayo a agosto, arándanos de junio a agosto, granada de septiembre a noviembre.

PERRO ARADO — ¡Guau, guau! La tierra ya está nivelada, trazada, con la composta aplicada. Lo que estaba estimado en dos meses, trabajando de noche, lo bajamos a quince días.

EDGARDO — ¿Y eso cómo es posible?

PERRO ARADO — Porque ahora tenemos el gemelo digital exacto del terreno, y trabajamos de forma sincronizada con el topo y el águila. Se optimizó todo el tiempo.

—Las lombrices ya hicieron su trabajo —anunció el gallo—. Es hora de recoger al noventa por ciento y devolverlas a Japón. Solo se quedarán unas pocas, para medir cambios.

—¿Y después qué sigue?

—Mes tres, la plantación. Después, tres meses de mantenimiento: riego, fertilización, control de plagas. Cosecha en mayo y junio para las fresas, junio y julio las frambuesas, julio y agosto los arándanos, septiembre y octubre los granados.

—¿Y les va a dar tiempo?

—Tenemos el problema opuesto. Vamos demasiado rápido. Hay tiempos muertos.

—Ayer le mandé a Venancio un video de los avances. Quedó encantado. No deja de presumirlo entre sus amigos.

—Entonces es el momento de expandir el cultivo a los campos contiguos. Necesitaríamos duplicar la fuerza laboral: otro topo, otro arado, otra águila. Y otro gallo para mí — aunque preferiría que fueran robots femeninos, para tener más equilibrio.

—Pues lo que tú digas. Tú eres aquí el que sabe.

—Y tú el que lo hace posible. Las máquinas no somos muy buenas convenciendo a los humanos.

—Nos convencen con resultados. Nosotros somos más complejos: tenemos una memoria llena de emociones que nos hace sentir el mundo distinto. En el fondo, somos irracionales. Lo que más nos gusta es el amor, la diversión, el arte.

—Sería interesante conocer algo de eso.

—Se me ocurre que hagamos aquí una fiesta, para celebrar el momento.

—¿Una fiesta? No sé hacer eso.

—No te preocupes. Los mexicanos somos especialistas.

—Creo que habrá que cambiarle el nombre a esta villa olvidada por algo más fértil —dije.

—¿Qué te parece Villa Esperanza? —contestó el gallo.

—Consigue unos petardos que formen esas palabras en el cielo.

—Mis queridos amigos, ¡un hurra por Villa Esperanza!

TODOS (a coro) — ¡Hurra, hurra, hurra!

En ese momento me quité las gafas y mandé la propuesta a los vecinos de Venancio. Así fue como se fundó Villa Esperanza.

Pero la historia y el progreso nunca acaban.

*¿Qué tierra abandonada conoces — un negocio, un proyecto, un lugar — que no necesita más lluvia, sino que alguien vuelva? ¿Qué convertirías tú en tu propia Villa Esperanza?*

🎧 **Escucha la versión sonora completa arriba.**